"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

martes, 2 de octubre de 2007

Medir el tiempo en el pasado

Leer el tiempo

Guadalupe Valencia García año 10 Hoja por hoja número 119 Abril 2007
http://www.hojaporhoja.com.mx/articulo.php?central=1&numero=119&identificador=6324

Los estándares para la medición del tiempo, en cuanto tienen implicaciones religiosas, laborales y económicas, y en cuanto representan una forma clara de acuerdo entre los individuos y las instituciones, son especialmente sintomáticas de las costumbres y valores de una sociedad. Guadalupe Valencia García comenta dos libros que, desde ángulos bastante distintos, examinan nuestras formas de medir el shakespeariano “árbitro de todos”.

Aunque en rigor seguimos sin comprender plenamente lo que es el tiempo, lo cierto es que sabemos cómo medirlo. En efecto, la discusión acerca de la existencia del tiempo, y de su posible definición unitaria, es tan antigua como inagotable. La historia de las métricas sociales, en cambio, muestra que la precisión en la medición del tiempo ha llegado a niveles insospechados.

En setecientos años de existencia del reloj mecánico, y después de éste el de cuarzo y el atómico, se han registrado enormes progresos en el cálculo exacto del tiempo.

En el siglo XVII, el reloj de péndulo tenía un margen de error inferior a un minuto al día, margen que disminuyó hasta menos de una fracción de segundo un siglo después.

Hoy, el reloj atómico garantiza un retraso menor a un segundo en veinte millones de años. El reloj, ese “latido de un corazón de metal”, como bellamente lo llamó Machado, parece encerrar en su interior los días y las noches, con sus horas repletas de minutos y de segundos que no cesan de correr, unos tras otros, siempre puntuales, siempre exactos.

Aparentemente, el reloj encierra al tiempo, lo retiene y lo sujeta como un prisionero a quien se debe impedir la huida; aunque en realidad somos nosotros quienes nos hemos convertido en rehenes de ese pequeño verdugo que portamos, casi siempre, en la muñeca izquierda. ¿Por qué y para qué medimos el tiempo? ¿Cuándo comenzamos a hacerlo? ¿Cuál es la historia de los instrumentos que hemos inventado para contabilizar, en la Tierra, los tiempos celestes que nos tutelan desde siempre? ¿Cómo es que diversas sociedades perciben y usan el tiempo de manera diferente?

Medir el tiempo

La evidencia más próxima para medir el tiempo es la sombra que cualquier objeto vertical proyecta sobre el suelo. Puede ser la sombra de una barda, de un árbol o de un poste. Éste es el fundamento de los relojes solares, al que se le añade un cuadrante, una escala graduada y de numeración progresiva, sobre la superficie en que se proyecta un poste o varilla.

La varilla que refleja la sombra se conoce como gnomon, del griego “saber”, y requiere de alguien que traduzca al lenguaje de las horas y los minutos las sombras que proyecta el movimiento del sol sobre dicho cuadrante. Pero ni el reloj de sol, ni otro ninguno, miden propiamente el tiempo. Lo que hacen en realidad es relacionar la secuencia en que se dan ciertos sucesos y la posición que ocupa un suceso en relación con otro.

Para lograr este “ordenamiento de las actividades” no existe nada mejor que un artefacto que nos provea de un lenguaje universal para orientarnos en la sucesión de los procesos naturales o sociales en los que participamos. Ese artefacto es el reloj, símbolo del tiempo por excelencia, en cuya esfera las personas pueden reconocer que la hora que el reloj marca para ellas es, también, la hora que aparece para todos aquéllos que pertenecen a la misma sociedad. Por ello el reloj puede ser visto como el instrumento más prototípico del entrecruzamiento entre diversos tipos de procesos: el biológico, el social, el cósmico. La historia de este maravilloso instrumento, y de los esfuerzos por alcanzar el nivel de precisión con el que hoy medimos el tiempo, es una historia larga, no pocas veces tortuosa, y siempre sorprendente.

Esta historia es ofrecida de manera espléndida por David S. Landes en su más reciente libro: Revolución en el tiempo. El reloj y la formación del mundo moderno. Landes, profesor emérito de Historia y Ciencias Económicas en la Universidad de Harvard, reconstruye la historia de la relojería; y lo hace mostrando los procesos revolucionarios implicados en cada uno de los avances que condujeron del primer reloj del que se tiene noticia a los relojes atómicos de la actualidad.

La historia de la relojería es fascinante en sí misma: la evolución de los soportes mecánicos de cada tipo de reloj, las peripecias para dar solución a sus problemas técnicos, la belleza que alcanzaron algunas piezas, la vinculación entre algunos relojeros —célebres por su ingenio e inventiva— con los grupos de poder de cada época y otros muchos detalles narrados cuidadosamente por Landes hacen deliciosa la lectura.

Pero Landes va más allá: su narración sobre la evolución de la relojería es, al mismo tiempo, una historia técnica, económica y cultural de las grandes transformaciones sociales desde la edad media hasta nuestros días.

Las muy diversas formas y mecanismos de los relojes —públicos en sus inicios y privados después— que se han sucedido en la historia pueden ser consideradas como reflejos de la sociedad en la que fueron creados.

Pero también como dispositivos fundamentales para el logro de hegemonías económicas, políticas y culturales de ciertas regiones del mundo que suponían, a su vez, la instauración de nuevas formas de relación social.

Tal es el caso de la invención del reloj mecánico que, paradójicamente, se creó en Europa, aunque China había producido en 1094, gracias a Su Song, un reloj astronómico cuya precisión no fue igualada sino hasta el siglo xvii con el reloj de péndulo.

Pero los chinos no tenían interés en conocer las horas con precisión porque no habían organizado su vida, ni su trabajo, sobre la base de los fragmentos temporales que puede ofrecer la lectura de un reloj. (El tiempo de cada individuo, además, le pertenecía al emperador quien podía utilizarlo a su antojo.)

En Europa, en cambio, la organización temporal de las actividades mediante el toque de campanas, típico de los monasterios, pronto se generalizaría a las ciudades cuya incipiente industria requería de “señales horarias públicas” para la mejor organización del trabajo.

Luego, la generalización del reloj personal permitiría, por primera vez en la historia, el paso del acatamiento del horario a la disciplina horariaasumida íntimamente por cada individuo— que requería una sociedad orientada al rendimiento y a la productividad.

Sin duda, el reloj fue creado y mejorado paulatinamente —aun a costa de perder parte de su belleza— por necesidades e imperativos sociales.

Luego contribuyó de manera determinante al desarrollo de la industria, del comercio, de los transportes y de la ciencia.

Por ello, el mundo que hoy habitamos sería inconcebible sin la presencia del reloj, ilusoria “fábrica del tiempo”, que intenta sujetarnos colectivamente a las formas de organización temporal que nos imponen nuestras sociedades.

Percibir y usar el tiempo

Pero el tiempo no se agota en el reloj ni puede ser reducido a su medida, como bien lo ha señalado Jacques Attali en su célebre Historias del tiempo (México, Fondo de Cultura Económica, 1985).

El tiempo de la sucesión, en el cual los minutos acaecidos se han ido para siempre, se acompaña de otra clase de tiempo: uno interior, cualitativo y subjetivo en el cual la duración puede no coincidir con las manecillas del reloj. El tipo de fenómenos al que alude este tipo de tiempo es bien conocido: se trata de las experiencias temporales que parecen eternas o fugaces de acuerdo con el tipo de momento al que están asociadas.

Todos hemos experimentado ese tiempo que parece alargarse al infinito en la silla del dentista y aquél otro, dichoso, en el que la pasión, el amor o la aventura convierten el transcurrir en un suspiro. Y esto, que experimentamos tan a menudo de manera individual, puede ser visto también en términos colectivos.

Porque las reglas temporales que obligan a organizar el tiempo de cada sociedad son también fenómenos subjetivos en los que el tiempo se vive y se utiliza colectivamente de forma diferenciada.

¿Cómo perciben y usan el tiempo diversas sociedades?

Robert Levine se dedica a responder esta pregunta en su libro Una geografía del tiempo. O cómo cada cultura percibe el tiempo de manera un poquito diferente. Doctor en filosofía y profesor en el departamento de psicología de la Universidad de California, Levine desvela en esta obra la compleja variedad de percepciones y usos del tiempo entre los miembros de diversas culturas.

Cadencias sociales aceleradas o pausadas, intransigencia o elasticidad de las normas de puntualidad, percepciones diversas de la duración, un ritmo de actividades presuroso o indolente y otras conductas temporales revelan, de manera nítida, las formas de organización del trabajo y de la vida de una sociedad. En ese tenor, Levine ofrece una “geografía del tiempo” en la que compara el ritmo de vida en treinta y un países de acuerdo con tres criterios temporales, a mi juicio insuficientes.

Los criterios son: velocidad al caminar, agilidad al trabajar —en el caso de los vendedores de estampillas postales— y exactitud de los relojes públicos. La sociedad más exacta y rápida resultó ser la suiza. El país más lento y poco atento al reloj: México. ¿Será verdad?

Guadalupe Valencia García, socióloga, es investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM y presidenta de la Asociación Interamericana de Estudios sobre el Tiempo, AC

Referencias

Revolución en el tiempo. El reloj y la formación del mundo modernoDavid S. LandesTraducción de Maria Pons Irazazábal, Barcelona, Crítica, 2007, Serie Mayor, XXXI + 619 p.ISBN 84-8432-745-5

Una geografía del tiempo. O cómo cada cultura percibe el tiempo de manera un poquito diferente Robert Levine. Traducción de Luz Freire, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2006, Ciencia que Ladra…, 263 p.ISBN 987-1220-66-9

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